Sé que mañana extrañaré las travesuras del Baltazar, la Ema-Catalina, la Elena; los hijos que creaste en tu mente para ayudarte a entender el mundo adulto. A veces esos traviesos tienen la culpa de botar una planta de la abuelita Pauli, de regar agua en el suelo o de planear alguna travesura para ver qué pasa. También hay que corregirlos cuando se portan mal y retarlos cuando te tiran el pelo, te rasguñan la cara o te pegan.
Estás tan grande, mis brazos lo saben; se cansan cuando intento sostenerte en trayectos largos. Sé que siempre tu crecimiento generó resistencias en el mío, pero sabía que me adaptaría; hoy es diferente porque no puedo ya contenerte como antes y la realidad me obliga a tomar distancia para verte crecer y darte espacio para descubrir/te.
Debo reconocer que tu crecimiento me genera muchas dudas de cómo puedo ser una buena madre para ti porque en el establecimiento de límites descubro partes de mí que no me gustan, y algunas formas que adopto son difíciles de cambiar -arrastro inevitablemente mi propia historia, que es lo que conozco- pero a pesar de la dificultad, sé que no son imposibles. No se trata de tener todo bajo control, pero sí de sentirme cómoda conmigo, porque no eres tú, realmente nunca eres tú, que eres apenas una niña de 3 años con muchas ansias de vivir, de descubrir, de entender, de amar.
No sé qué te ha dado por decirnos la-bebé y el-bebé, pero es muy tierno. Tus abrazos eternos, las preferencias con mamá o papá y exclusión del/la no-elegido mediante “sale tú”, me dan mucha risa. Los cariños carita con carita también me encantan, quizá cuantas otras formas de amar construyamos junt@s. Yo contigo ya me entregué.
